La Fascinación es uno de los relatos en los cuales desbordé un poco lo extremo de la asquerosidad
y de lo que es capaz de hacer el ser humano al dejarse manipular por los hilos invisibles de una fuerza desconocida a la cual no les interesa mucho conocer.
Pero más allá de esos temas lo escribí sobre todo porque me he dado cuenta que al ir a los funerales (Desgraciada o afortunadamente he ido a muchos) las personas tienden a parecer más únidas que de costumbre... Las personas que antes habían discutido ahora se hablan, las diferencias se olvidan.
La tristeza y la muerte de un en común los une de una forma que considero bastante curiosa, y en este cuento lo llevo al extremo.
La Fascinación.
El edificio se alzaba ante los numerosos
autos que iban llegando poco a poco conforme le noche avanzaba tranquila, silenciosa
y de luto. De ellos bajaban personas con expresiones lúgubres y pálidas, la mayoría
vestidas de negro o de otros colores pero oscuros. Uno que otro niño correteaba
de allá para acá sin saber dónde se encontraba; quizá sería la primera vez que
iban a una funeraria.
Las personas, cuales sombras vivientes,
iban pasando al fúnebre edificio, en su interior habían diferentes habitaciones
donde reposaban los difuntos y, una a una, se fueron llenando de conversaciones y de
llantos. Los saludos y sonrisas hipócritas florecieron más de lo que
normalmente podrían hacerlo, personas que estaban disgustadas con otras se
hablaban nuevamente unidos por la muerte de un conocido en común.
La muerte los unía a cada uno de los seres
vivos allí adentro. Niños, adultos y ancianos, todos reunidos, recordando el
pasado y la historia de alguien en común para ellos, de alguien querido y
amado, tomaban y brindaban con café por sus muertos.
Nadie se dio cuenta, salvo una de las niñas
que correteaba por todo el lugar, que una de las habitaciones estaba vacía y a falta de lo que en las otras habitaciones sobraba. Un féretro plateado, con la
tapa superior abierta, se encontraba solitario frente a la puerta color caoba.
La pequeña se asomó con cierto grado de
pena y descubrió que no había nadie, lo que la impulsó a entrar con más
confianza y sentido de la aventura. En esa habitación había algo distinto a las otras; allí las voces y los llantos que
habían en otros cuartos se escuchaban tan distantes y sin importancia... La niña, que
se llamaba Emilia, se acercó más y más al rectángulo plateado de 1 m 80 cm de
largo.
“Dios tenga en su santa gloria el alma de
este desconocido y que en el paraíso todos tengan el placer de conocerle.
Amén.” Rezaba la corona recubierta de
flores de colores variados apoyada sobre el ataúd. Emilia sintió el olor de las flores
pero había algo más allí, no sabía si era por alguna otra corona o por algún
perfume pero en esa sala, ese ataúd, olía mucho mejor que los demás. Para su
mente de niña el olor lo caracterizaba a vainilla, almendras y… Chocolate
derretido, sí, también a chocolate, el olor la envolvió completamente como si
el abrazo de su mamá se tratase, lo cual le hizo entrar en confianza para tomar
una de las silla, subirse en ella y mirar a quién reposaba en el interior de la
caja plateada.
Y al postrarse sobre la orilla fría y dura
del ataúd pudo observar, a través del cristal, el rostro más hermoso que ella,
aún en su corta vida, había visto. No sabía cómo reaccionar ante tal
majestuosidad, ante tal belleza. Era una niña así que el encuentro con un ser
tan hermoso causó en ella una reacción tan intensa y a la vez desconocida como
el sentimiento de una persona que nació ciega y que, tras una operación, ve por primera vez en su vida los colores. Lo
examinó una y otra vez como si cada vez que lo hiciera encontrara una razón
para sonreír. Una razón más para que le gustase. Un sentimiento de bienestar
embargaba aquél rostro de expresión serena y facciones perfectas.
Era joven, quizá de unos 20 años, su
piel era blanca con un ligero tono tostado el cual se notaba aún estando
muerto. Su cabello era largo y marrón oscuro, se encontraba peinado hacia
atrás; lo cual hacía que Emilia pudiera observar el rostro con mayor amplitud.
Las cejas eran finas y acorde a sus ojos parcialmente asiáticos en
perfecta sincronización con una nariz perfilada, pequeña y tierna. Sus labios
eran gruesos y rosados, la proporción perfecta para un buen amante, y tenían
una pequeña (Casi imperceptible) sonrisa. Estaba vestido con un saco negro, una
corbata azul zafiro y la característica camisa blanca por debajo.
“Es hermoso. Es demasiado hermoso.” Pensó
la niña, la cual no quería separarse del ataúd pero queriendo hacerlo para
enseñarle a su mamá aquél extraño solitario. Se bajó de la silla y corrió hacia
la habitación donde su mamá se encontraba, estaba a uno dos cuartos más
allá del que ella había salido. No le tomó mucho tiempo encontrarla y cuando lo hizo, la tomó del brazo y comenzó a jalarla fuera
de la habitación.
— ¡¿Qué hacéis Emilia?! —Le recriminaba— ¡¿Qué tramáis?! Por favor comportáte. —Pero no ejercía ningún tipo de fuerza para hacer
detener a su hija.
— ¡Tengo que enseñarte algo mami! Es algo importante,
¡Vamos, vení!
— Está bien cariño, está bien, pero que sea rápido —Decidió seguirla con cierto fastidio—. Recuerda que este no es un sitio para jugar, ¿Ok?
Cuando llegaron a la puerta de la
habitación de donde había salido Emilia, ésta soltó la mano de su madre y
corrió a subirse de nuevo en la silla para observar el cadáver. Su mamá desde
el umbral de la puerta sintió casi el mismo olor que su hija, chocolates y
fresas, notó también que no era el mismo olor que impregnaba el resto de las
flores que había junto a los otros difuntos.
Lentamente se fue acercando, tal cual y
como había hecho Emilia, al ataúd. Le extrañó que no hubiera nadie y, más aún,
lo que rezaba la corona de flores pero fueron pensamientos que quedaron
disipados cuando se situó junto a su hija y observó a través del cristal.
Sus ojos se abrieron de par en par, se
humedeció los labios secos pasando su lengua sobre éstos, no podía creer lo que
veía, sintió en su vientre un ligero cosquilleo excitante mientras examinaba
una y otra vez el rostro sin vida. A pesar de ser una persona reservada y
discreta sintió la inquietud por saber quién era el joven allí enclaustrado.
Salió de manera apresurada, con muchísimo
entusiasmo de volver, a buscar al encargado de la funeraria, al encontrarlo se
valió de una que otra excusa para preguntar quién era aquél joven.
— Es perfecto, ¿verdad? — Le respondió el encargado.
Le dijo que lo habían encontrado sin vida
en la habitación de un edificio en La Limpia. La dueña del apartamento tenía
semanas sin pagar y el cobrador tuvo que entrar a la fuerza.
Y vaya sorpresa la
que se llevó, bueno, sorpresa se llevaron los oficiales ya que el hombre no
quería entregar el cuerpo… Aseguraba que aquél joven lo había escogido a él
para que lo encontrase y lo cuidara, los policías habían sido llamados por las
personas que vivían en el mismo edificio al ver cómo el hombre intentaba
llevarse el cadáver del apartamento a su casa.
La situación se tornó aún más extraña ya
que el apartamento donde estaba el fallecido se hallaba a nombre de una mujer
(La cual nunca fue hallada) y todo en él daba a entender que allí vivía una
fémina. La cuestión es que él no era, obviamente, una mujer. No
encontraron ninguna causa de muerte, él simplemente murió.
Un hecho parecido sucedió para quienes se
dedicaron a analizar el cuerpo. Tuvieron de cambiar el equipo de investigación
unas 5 veces porque quienes se quedaban por unos cuantos minutos junto al
cadáver desarrollaban una fascinación enfermiza a él que simplemente les
hacía no querer separarse de ese cuerpo sin vida.
Al final, como pudieron, lograron realizar
un análisis completo y lo que más desconcertó a quienes terminaron la
investigación fue que el proceso de putrefacción en ese joven no actuaba de
igual manera al común. Trabaja de una forma extremadamente lenta, podrían
deducir que no existía tal proceso en su organismo ya que habían descifrado,
gracias a minuciosos análisis, que había muerto hacía un mes pero el cadáver,
por su forma física, parecía haber muerto hace unos minutos, media hora a
lo máximo.
El encargado le comentó, con cierta
emoción, que fue todo un placer inexplicable prepararlo; que el cuerpo se
movía y flexionaba de manera tan suave que parecía que estuviera durmiendo. En
ningún momento necesitó el maquillaje para cubrir la palidez mortecina que
caracteriza a la muerte, y lo más sublime fue que nunca dejó de enarcar esa pequeña
sonrisa tímida. Por último, le dijo que era una completa lástima que
nunca sepan su nombre, quién fue, a qué se dedicaba o cómo murió. Llevaba cincuenta años
trabajando en este tipo de cosas y nunca se había encariñado tanto con una
persona muerta hasta que llegó él, a decir verdad, nunca le había pasado nada
parecido. El viejo sentía que todos los años que estuvo trabajando en la
funeraria valieron la pena sólo por aquél extraño, empezaba a sentirse triste
por el solo hecho de pensar que pronto se llevarían el cadáver… No quería que
se fuera; quería que siguiera siendo suyo.
La mamá de Emilia, Amanda, escuchaba
encantada todo aquello. Se sorprendió de la forma tan fluida y llena de
confianza con la cual hablaba el encargado acerca del extraño, aquél
desconocido que, hasta ahora, le había robado el corazón a ella, a su hija,
aquél señor y a otros. No quiso ni pensar a quienes más lo hizo estando con
vida, lo cual le extrañó porque de sólo pensar en eso sintió unos ligeros
celos.
¿Quién tuvo el flamante lujo de estar con
él, de verlo sonreír, oírlo hablar, besar sus labios y tocar su cuerpo? Ella
deseó ser alguna de esas personas que tuvieron tal dicha.
Se despidió del encargado y volvió a la
habitación donde ella estaba al principio, no estaría mucho tiempo allí, Amanda
sólo habló con su hermana y un par de amigas para que la acompañaran y vieran
aquél espectáculo quieto y macabro.
Éstas le siguieron con incredulidad, y a éstas le siguieron sus esposos. Cuando llegaron a la habitación Amanda se sorprendió ya
que, junto a Emilia, se encontraban otros cuatro niños quienes miraban el
cadáver apoyados sobre el cristal del ataúd. Sus pequeños ojos brillaban de una manera obsesiva, casi enferma. Amanda no tenía idea de quiénes
eran esos niños, así que supuso que se trataban de los hijos de personas en
otras habitaciones, sólo les prestó la suficiente atención como para pedirles
que se movieran y ella poder ver a su desconocido, sí, pensaba que era suyo, al
igual que lo pensaba Emilia, los niños y luego sus amigas y esposos, esto se
tornó demasiado extraño para Amanda, ¿hombres obsesionados por un hombre muerto? Disipó los pensamientos ignorando el hecho de que ella estaba fascinada
y estaba deseando a un cadáver… Quería concentrarse en aquella belleza que le
hacía sentir feliz por alguna razón, el hecho siniestro de estar deseando algo
sin vida no le pareció algo extraño y lo comparó con el sentimiento que sufrió durante su primer amor.
Y así aquella habitación que estaba tan
solitaria al principio de la larga noche se fue llenando poco a poco de
curiosos. Se llenó a tal punto que la gente se peleaba por entrar, todos
estaban tan obsesionados por ver al joven desconocido que olvidaron a sus
difuntos. Irónicamente fueron razonables y se turnaron de cuatro en cuatro para
poder verlo. Habían discusiones porque la mayor parte del tiempo a las personas
que se les acaba su turno sentían una gran tristeza al alejarse del cuerpo sin
vida por lo que pretendían no hacerlo.
Todo, bajo un concepto muy extraño, parecía
felicidad y tranquilidad en aquella habitación. Todos rodeando aquél
desconocido como si fuera un hermano, un padre, un esposo, algunos lloraban por
no haber podido conocerlo en vida, otros reían y comentaban que nunca se habían
sentido tan felices de ver a alguien así. Los niños correteaban por toda la
habitación jugando como si estuvieran en una pradera llena de flores, sus risas
se hacían notar por encima de las voces de los demás.
Las horas se alargaron, las personas
sudaban y se fastidiaban por esperar tanto. El ambiente se empezó hacer
asfixiante pero nadie le prestó tanta atención. La gente repetía su turno una y
otra vez, empezaron las peleas porque unos intentaban meterse para no esperar
tanto a su momento. Y así, aquella situación bizarra, comenzó a volver más
aterradora:
Nadie escuchó cuando la locura, vestida de
rojo y con su forma esquelética, tocó el marco de la puerta de la habitación, y si le hubieran prestado
atención la hubieran ignorado. Su mera presencia hizo que todos comenzaran a
ponerse agresivos, las personas empezaron a pelear entre sí, todos querían
verlo al mismo tiempo y no aceptaban esperar. Durante las grandes peleas en
aquél pequeño salón muchas personas lloraban sin razón alguna. Otras intentaban
ponerse encima del ataúd. Otros seguían intentando ver el cadáver.
Durante aquél alboroto, dos personas
intentaron tomar el ataúd y salir corriendo con él pero el obvio peso era
demasiado para esos dos que estaban tan “drogados” que no prestaron atención a
las posibilidades. La cuestión es que ni siquiera lograron levantarlo, entre
tanto farfullo cuando intentaron alzarlo alguien tropezó con alguien y este
alguien empujó el ataúd, cayendo éste al suelo y abriéndose por completo.
El silencio reinó. Quienes lloraban se detuvieron. Quienes peleaban también. Todo el mundo miró aquél joven muerto tirado en el
piso; aquél joven al cual sin hacer nada ya amaban, y deseaban, más que a
cualquier cosa en el mundo y estaba allí tirado como un perro.
Dos hombres que estaban peleando corrieron
rápido a auxiliar al joven desconocido, como si quisieran/pudieran salvarle la
vida que ya no tenía desde hace mucho tiempo. Pasaron cada uno de los brazos
del cadáver por encima de sus hombros y le levantaron, quedándose allí de pie,
frente a los demás, todos seguían en silencio.
Emilia fue la única que se movió, corrió
hacia el desconocido y le abrazó con todas sus fuerzas siendo empujada por una
fuerza que ni ella, ni los demás, luego, comprenderían, después lo hizo su
mamá, y sus amigas y los esposos de ellas, y así todo el mundo quiso sentir el
contacto con el cadáver.
Pero el desenfreno no terminó allí, alguien
tuvo la osadía de besar sus labios, ciertas personas pelearon al respecto,
otras sin pensarlo dos veces hicieron lo mismo, se pasaban el cadáver del joven
como si fuera un juguete el cual se compartían como niños. Lo besaban, lo
acariciaban, lo abrazaban y hasta mordían lujuriosamente. Los niños por su
parte peleaban y pataleaban porque nadie quería pasarles el cuerpo sin vida.
De un
momento a otro los dos hombres que lo sostenían desde un principio volvieron a
tomarlo y comenzaron a desvestirlo, todos expectantes y felices tocaban la piel
clara y desnuda mientras le iban quitando la ropa. El encargado de la funeraria
trajo hasta aquella habitación, con ayuda de otros hombres, una cama grande que pusieron en el medio de todos y colocaron al desconocido allí, los
instintos primitivos y desquiciados se apoderaron de todos los que estaban
reunidos.
Todas las personas comenzaron a desvestirse
y quien lo hacía primero se abalanzaba sobre el cuerpo sin vida y comenzaban a
tener sexo con él. Los hombres lo penetraban o le hacían sexo oral, al igual
que las mujeres con la diferencia de que éstas frotaban su vagina sobre el
miembro muerto o sobre cualquier zona del cuerpo que pudiesen abrazar con sus piernas. Los niños también comenzaban a desvestirse, no tenían ninguna
idea sobre lo qué estaban haciendo, todo eso era muy nuevo para ellos,
simplemente se dejaron llevar por lo que veían hacer a los adultos.
Se volvió una grotesca masa de carne que se
extendía y comprimía. Todo fue risas, gemidos de placer. Todo fue perfecto
hasta que la mente perturbada de alguien decidió aflorarse un poco más de lo
normal entre tanta locura; esa persona arrancó un tajo de carne de un solo
mordisco del cadáver. La carne muerta oscurecida, desde adentro a causa de la
coagulación sanguínea, quedó pendiendo de sus fauces y comenzó a masticarla con gusto, después a
meterse los dedos dentro de la boca para sacar varios trozos de carne que luego se
untaba por todo el cuerpo.
Como ya fue de costumbre los demás lo
siguieron, comenzaron a arrancarle los labios, los ojos, la nariz, las orejas. Lo fueron despellejando desde arriba hacia abajo. Frotaban los pedazos de carne
muerta contra su piel y sobre sus miembros erectos o húmedos. Tenían orgasmos, todo aquello los hacía gritar de placer.
Emilia junto a los otros niños y niñas se hallaban
desnudos y se hicieron con los intestinos del cadáver; jugaban con ellos, lo
besaban y se frotaban sus pequeñas partes con él, no entendían muy bien el
origen del placer que les proporcionaba pero igual lo seguían haciendo; no
querían detenerse.
La belleza de aquél cuerpo se extinguió y
fue convirtiéndose en una mera estructura ósea ensangrentada, y aún así varias
personas tomaron alguno que otro hueso y se lo introdujo dentro de sí; dentro de sus
limitaciones posibles claro está.
Y todo pasó… De un momento a otro la magia,
la ilusión, o lo que sea que se había apoderado de aquellas personas se había ido, desvanecido. Todos
parecieron despertar del sueño más mórbido y bizarro que habrían podido tener. Se
miraron expectantes unos a los otros, llenos de sangre, desnudos, excitados,
con pedazos de carne en la boca y en las manos… Los gritos de terror dieron
paso a los gritos de desesperación al darse cuenta todos, casi al unísono, de
lo que había sucedido.
Aún así mantuvieron el raciocinio y la
cordura, la cual les quedaba muy poco, para pactar de que nada saldría de allí. Nadie reviviría o contaría lo que sucedió aquella noche en la que la
fascinación por la muerte les llevó a cometer los actos más asquerosos y repugnantes
que podría realizar el hombre. Y mantuvieron su palabra pero sólo de guardarse
el secreto para sí mismos… Los deseos y el gusto por aquello quedó en cada uno
de ellos en lo más profundo de su mente esperando despertar y tomar control a
la menor oportunidad de poder sentir la muerte una vez más en su piel.
Fin.
Espero les haya agradado el cuento, es algo largo... Creo, no lo sé, no me gusta hacer entradas tan largas y creo que cuando sea así dividiré el cuento en dos partes, una publicándola el domingo y la otra el miércoles y así. Ya saben, si tienen cualquier comentario, duda, opinión, por mala, buena o constructiva que sea pueden hacérmela llegar a través de mi Twitter.
Muchas gracias por tomarse el tiempo de haberme leído. Tengan una feliz noche, día, tarde.

No hay comentarios:
Publicar un comentario