domingo, 5 de julio de 2015

La Fascinación. (+18)

La Fascinación es uno de los relatos en los cuales desbordé un poco lo extremo de la asquerosidad 
y de lo que es capaz de hacer el ser humano al dejarse manipular por los hilos invisibles de una fuerza desconocida a la cual no les interesa mucho conocer. 

Pero más allá de esos temas lo escribí sobre todo porque me he dado cuenta que al ir a los funerales (Desgraciada o afortunadamente he ido a muchos) las personas tienden a parecer más únidas que de costumbre... Las personas que antes habían discutido ahora se hablan, las diferencias se olvidan. 

La tristeza y la muerte de un en común los une de una forma que considero bastante curiosa, y en este cuento lo llevo al extremo. 




La Fascinación.

    El edificio se alzaba ante los numerosos autos que iban llegando poco a poco conforme le noche avanzaba tranquila, silenciosa y de luto. De ellos bajaban personas con expresiones lúgubres y pálidas, la mayoría vestidas de negro o de otros colores pero oscuros. Uno que otro niño correteaba de allá para acá sin saber dónde se encontraba; quizá sería la primera vez que iban a una funeraria.

    Las personas, cuales sombras vivientes, iban pasando al fúnebre edificio, en su interior habían diferentes habitaciones donde reposaban los difuntos y, una a una, se fueron llenando de conversaciones y de llantos. Los saludos y sonrisas hipócritas florecieron más de lo que normalmente podrían hacerlo, personas que estaban disgustadas con otras se hablaban nuevamente unidos por la muerte de un conocido en común.

    La muerte los unía a cada uno de los seres vivos allí adentro. Niños, adultos y ancianos, todos reunidos, recordando el pasado y la historia de alguien en común para ellos, de alguien querido y amado, tomaban y brindaban con café por sus muertos.

    Nadie se dio cuenta, salvo una de las niñas que correteaba por todo el lugar, que una de las habitaciones estaba vacía y a falta de lo que en las otras habitaciones sobraba. Un féretro plateado, con la tapa superior abierta, se encontraba solitario frente a la puerta color caoba.

    La pequeña se asomó con cierto grado de pena y descubrió que no había nadie, lo que la impulsó a entrar con más confianza y sentido de la aventura. En esa habitación había algo distinto a las otras; allí las voces y los llantos que habían en otros cuartos se escuchaban tan distantes y sin importancia... La niña, que se llamaba Emilia, se acercó más y más al rectángulo plateado de 1 m 80 cm de largo.

    “Dios tenga en su santa gloria el alma de este desconocido y que en el paraíso todos tengan el placer de conocerle. Amén.”  Rezaba la corona recubierta de flores de colores variados apoyada sobre el ataúd. Emilia sintió el olor de las flores pero había algo más allí, no sabía si era por alguna otra corona o por algún perfume pero en esa sala, ese ataúd, olía mucho mejor que los demás. Para su mente de niña el olor lo caracterizaba a vainilla, almendras y… Chocolate derretido, sí, también a chocolate, el olor la envolvió completamente como si el abrazo de su mamá se tratase, lo cual le hizo entrar en confianza para tomar una de las silla, subirse en ella y mirar a quién reposaba en el interior de la caja plateada.

    Y al postrarse sobre la orilla fría y dura del ataúd pudo observar, a través del cristal, el rostro más hermoso que ella, aún en su corta vida, había visto. No sabía cómo reaccionar ante tal majestuosidad, ante tal belleza. Era una niña así que el encuentro con un ser tan hermoso causó en ella una reacción tan intensa y a la vez desconocida como el sentimiento de una persona que nació ciega y que, tras una operación, ve por primera vez en su vida los colores. Lo examinó una y otra vez como si cada vez que lo hiciera encontrara una razón para sonreír. Una razón más para que le gustase. Un sentimiento de bienestar embargaba aquél rostro de expresión serena y facciones perfectas.

    Era joven, quizá de unos 20 años, su piel era blanca con un ligero tono tostado el cual se notaba aún estando muerto. Su cabello era largo y marrón oscuro, se encontraba peinado hacia atrás; lo cual hacía que Emilia pudiera observar el rostro con mayor amplitud. Las cejas eran finas y acorde a sus ojos parcialmente asiáticos en perfecta sincronización con una nariz perfilada, pequeña y tierna. Sus labios eran gruesos y rosados, la proporción perfecta para un buen amante, y tenían una pequeña (Casi imperceptible) sonrisa. Estaba vestido con un saco negro, una corbata azul zafiro y la característica camisa blanca por debajo.

    “Es hermoso. Es demasiado hermoso.” Pensó la niña, la cual no quería separarse del ataúd pero queriendo hacerlo para enseñarle a su mamá aquél extraño solitario. Se bajó de la silla y corrió hacia la habitación donde su mamá se encontraba, estaba a uno dos cuartos más allá del que ella había salido. No le tomó mucho tiempo encontrarla y cuando lo hizo, la tomó del brazo y comenzó a jalarla fuera de la habitación.

—   ¡¿Qué hacéis Emilia?! —Le recriminaba— ¡¿Qué tramáis?! Por favor comportáte. —Pero no ejercía ningún tipo de fuerza para hacer detener a su hija.
—   ¡Tengo que enseñarte algo mami! Es algo importante, ¡Vamos, vení!
—   Está bien cariño, está bien, pero que sea rápido —Decidió seguirla con cierto fastidio—. Recuerda que este no es un sitio para jugar, ¿Ok?

    Cuando llegaron a la puerta de la habitación de donde había salido Emilia, ésta soltó la mano de su madre y corrió a subirse de nuevo en la silla para observar el cadáver. Su mamá desde el umbral de la puerta sintió casi el mismo olor que su hija, chocolates y fresas, notó también que no era el mismo olor que impregnaba el resto de las flores que había junto a los otros difuntos.

    Lentamente se fue acercando, tal cual y como había hecho Emilia, al ataúd. Le extrañó que no hubiera nadie y, más aún, lo que rezaba la corona de flores pero fueron pensamientos que quedaron disipados cuando se situó junto a su hija y observó a través del cristal.

    Sus ojos se abrieron de par en par, se humedeció los labios secos pasando su lengua sobre éstos, no podía creer lo que veía, sintió en su vientre un ligero cosquilleo excitante mientras examinaba una y otra vez el rostro sin vida. A pesar de ser una persona reservada y discreta sintió la inquietud por saber quién era el joven allí enclaustrado.

    Salió de manera apresurada, con muchísimo entusiasmo de volver, a buscar al encargado de la funeraria, al encontrarlo se valió de una que otra excusa para preguntar quién era aquél joven.

—   Es perfecto, ¿verdad? — Le respondió el encargado.

     Le dijo que lo habían encontrado sin vida en la habitación de un edificio en La Limpia. La dueña del apartamento tenía semanas sin pagar y el cobrador tuvo que entrar a la fuerza.

    Y vaya sorpresa la que se llevó, bueno, sorpresa se llevaron los oficiales ya que el hombre no quería entregar el cuerpo… Aseguraba que aquél joven lo había escogido a él para que lo encontrase y lo cuidara, los policías habían sido llamados por las personas que vivían en el mismo edificio al ver cómo el hombre intentaba llevarse el cadáver del apartamento a su casa.

    La situación se tornó aún más extraña ya que el apartamento donde estaba el fallecido se hallaba a nombre de una mujer (La cual nunca fue hallada) y todo en él daba a entender que allí vivía una fémina. La cuestión es que él no era, obviamente, una mujer. No encontraron ninguna causa de muerte, él simplemente murió.

    Un hecho parecido sucedió para quienes se dedicaron a analizar el cuerpo. Tuvieron de cambiar el equipo de investigación unas 5 veces porque quienes se quedaban por unos cuantos minutos junto al cadáver desarrollaban una fascinación enfermiza a él que simplemente les hacía no querer separarse de ese cuerpo sin vida.

    Al final, como pudieron, lograron realizar un análisis completo y lo que más desconcertó a quienes terminaron la investigación fue que el proceso de putrefacción en ese joven no actuaba de igual manera al común. Trabaja de una forma extremadamente lenta, podrían deducir que no existía tal proceso en su organismo ya que habían descifrado, gracias a minuciosos análisis, que había muerto hacía un mes pero el cadáver, por su forma física, parecía haber muerto hace unos minutos, media hora a lo máximo.

    El encargado le comentó, con cierta emoción, que fue todo un placer inexplicable prepararlo; que el cuerpo se movía y flexionaba de manera tan suave que parecía que estuviera durmiendo. En ningún momento necesitó el maquillaje para cubrir la palidez mortecina que caracteriza a la muerte, y lo más sublime fue que nunca dejó de enarcar esa pequeña sonrisa tímida. Por último, le dijo que era una completa lástima que nunca sepan su nombre, quién fue, a qué se dedicaba o cómo murió. Llevaba cincuenta años trabajando en este tipo de cosas y nunca se había encariñado tanto con una persona muerta hasta que llegó él, a decir verdad, nunca le había pasado nada parecido. El viejo sentía que todos los años que estuvo trabajando en la funeraria valieron la pena sólo por aquél extraño, empezaba a sentirse triste por el solo hecho de pensar que pronto se llevarían el cadáver… No quería que se fuera; quería que siguiera siendo suyo.

    La mamá de Emilia, Amanda, escuchaba encantada todo aquello. Se sorprendió de la forma tan fluida y llena de confianza con la cual hablaba el encargado acerca del extraño, aquél desconocido que, hasta ahora, le había robado el corazón a ella, a su hija, aquél señor y a otros. No quiso ni pensar a quienes más lo hizo estando con vida, lo cual le extrañó porque de sólo pensar en eso sintió unos ligeros celos.

    ¿Quién tuvo el flamante lujo de estar con él, de verlo sonreír, oírlo hablar, besar sus labios y tocar su cuerpo? Ella deseó ser alguna de esas personas que tuvieron tal dicha.

    Se despidió del encargado y volvió a la habitación donde ella estaba al principio, no estaría mucho tiempo allí, Amanda sólo habló con su hermana y un par de amigas para que la acompañaran y vieran aquél espectáculo quieto y macabro.

    Éstas le siguieron con incredulidad, y a éstas le siguieron sus esposos. Cuando llegaron a la habitación Amanda se sorprendió ya que, junto a Emilia, se encontraban otros cuatro niños quienes miraban el cadáver apoyados sobre el cristal del ataúd. Sus pequeños ojos brillaban de una manera obsesiva, casi enferma. Amanda no tenía idea de quiénes eran esos niños, así que supuso que se trataban de los hijos de personas en otras habitaciones, sólo les prestó la suficiente atención como para pedirles que se movieran y ella poder ver a su desconocido, sí, pensaba que era suyo, al igual que lo pensaba Emilia, los niños y luego sus amigas y esposos, esto se tornó demasiado extraño para Amanda, ¿hombres obsesionados por un hombre muerto? Disipó los pensamientos ignorando el hecho de que ella estaba fascinada y estaba deseando a un cadáver… Quería concentrarse en aquella belleza que le hacía sentir feliz por alguna razón, el hecho siniestro de estar deseando algo sin vida no le pareció algo extraño y lo comparó con el sentimiento que sufrió durante su primer amor.

    Y así aquella habitación que estaba tan solitaria al principio de la larga noche se fue llenando poco a poco de curiosos. Se llenó a tal punto que la gente se peleaba por entrar, todos estaban tan obsesionados por ver al joven desconocido que olvidaron a sus difuntos. Irónicamente fueron razonables y se turnaron de cuatro en cuatro para poder verlo. Habían discusiones porque la mayor parte del tiempo a las personas que se les acaba su turno sentían una gran tristeza al alejarse del cuerpo sin vida por lo que pretendían no hacerlo.

    Todo, bajo un concepto muy extraño, parecía felicidad y tranquilidad en aquella habitación. Todos rodeando aquél desconocido como si fuera un hermano, un padre, un esposo, algunos lloraban por no haber podido conocerlo en vida, otros reían y comentaban que nunca se habían sentido tan felices de ver a alguien así. Los niños correteaban por toda la habitación jugando como si estuvieran en una pradera llena de flores, sus risas se hacían notar por encima de las voces de los demás.

    Las horas se alargaron, las personas sudaban y se fastidiaban por esperar tanto. El ambiente se empezó hacer asfixiante pero nadie le prestó tanta atención. La gente repetía su turno una y otra vez, empezaron las peleas porque unos intentaban meterse para no esperar tanto a su momento. Y así, aquella situación bizarra, comenzó a volver más aterradora:

    Nadie escuchó cuando la locura, vestida de rojo y con su forma esquelética, tocó el marco de la puerta de la habitación, y si le hubieran prestado atención la hubieran ignorado. Su mera presencia hizo que todos comenzaran a ponerse agresivos, las personas empezaron a pelear entre sí, todos querían verlo al mismo tiempo y no aceptaban esperar. Durante las grandes peleas en aquél pequeño salón muchas personas lloraban sin razón alguna. Otras intentaban ponerse encima del ataúd. Otros seguían intentando ver el cadáver.

    Durante aquél alboroto, dos personas intentaron tomar el ataúd y salir corriendo con él pero el obvio peso era demasiado para esos dos que estaban tan “drogados” que no prestaron atención a las posibilidades. La cuestión es que ni siquiera lograron levantarlo, entre tanto farfullo cuando intentaron alzarlo alguien tropezó con alguien y este alguien empujó el ataúd, cayendo éste al suelo y abriéndose por completo.

    El silencio reinó. Quienes lloraban se detuvieron. Quienes peleaban también. Todo el mundo miró aquél joven muerto tirado en el piso; aquél joven al cual sin hacer nada ya amaban, y deseaban, más que a cualquier cosa en el mundo y estaba allí tirado como un perro.

    Dos hombres que estaban peleando corrieron rápido a auxiliar al joven desconocido, como si quisieran/pudieran salvarle la vida que ya no tenía desde hace mucho tiempo. Pasaron cada uno de los brazos del cadáver por encima de sus hombros y le levantaron, quedándose allí de pie, frente a los demás, todos seguían en silencio.

    Emilia fue la única que se movió, corrió hacia el desconocido y le abrazó con todas sus fuerzas siendo empujada por una fuerza que ni ella, ni los demás, luego, comprenderían, después lo hizo su mamá, y sus amigas y los esposos de ellas, y así todo el mundo quiso sentir el contacto con el cadáver.

    Pero el desenfreno no terminó allí, alguien tuvo la osadía de besar sus labios, ciertas personas pelearon al respecto, otras sin pensarlo dos veces hicieron lo mismo, se pasaban el cadáver del joven como si fuera un juguete el cual se compartían como niños. Lo besaban, lo acariciaban, lo abrazaban y hasta mordían lujuriosamente. Los niños por su parte peleaban y pataleaban porque nadie quería pasarles el cuerpo sin vida.

    De un momento a otro los dos hombres que lo sostenían desde un principio volvieron a tomarlo y comenzaron a desvestirlo, todos expectantes y felices tocaban la piel clara y desnuda mientras le iban quitando la ropa. El encargado de la funeraria trajo hasta aquella habitación, con ayuda de otros hombres, una cama grande que pusieron en el medio de todos y colocaron al desconocido allí, los instintos primitivos y desquiciados se apoderaron de todos los que estaban reunidos.

    Todas las personas comenzaron a desvestirse y quien lo hacía primero se abalanzaba sobre el cuerpo sin vida y comenzaban a tener sexo con él. Los hombres lo penetraban o le hacían sexo oral, al igual que las mujeres con la diferencia de que éstas frotaban su vagina sobre el miembro muerto o sobre cualquier zona del cuerpo que pudiesen abrazar con sus piernas. Los niños también comenzaban a desvestirse, no tenían ninguna idea sobre lo qué estaban haciendo, todo eso era muy nuevo para ellos, simplemente se dejaron llevar por lo que veían hacer a los adultos.

    Se volvió una grotesca masa de carne que se extendía y comprimía. Todo fue risas, gemidos de placer. Todo fue perfecto hasta que la mente perturbada de alguien decidió aflorarse un poco más de lo normal entre tanta locura; esa persona arrancó un tajo de carne de un solo mordisco del cadáver. La carne muerta oscurecida, desde adentro a causa de la coagulación sanguínea, quedó pendiendo de sus fauces y comenzó a masticarla con gusto, después a meterse los dedos dentro de la boca para sacar varios trozos de carne que luego se untaba por todo el cuerpo.

    Como ya fue de costumbre los demás lo siguieron, comenzaron a arrancarle los labios, los ojos, la nariz, las orejas. Lo fueron despellejando desde arriba hacia abajo. Frotaban los pedazos de carne muerta contra su piel y sobre sus miembros erectos o húmedos. Tenían orgasmos, todo aquello los hacía gritar de placer. 

    Emilia junto a los otros niños y niñas se hallaban desnudos y se hicieron con los intestinos del cadáver; jugaban con ellos, lo besaban y se frotaban sus pequeñas partes con él, no entendían muy bien el origen del placer que les proporcionaba pero igual lo seguían haciendo; no querían detenerse.

    La belleza de aquél cuerpo se extinguió y fue convirtiéndose en una mera estructura ósea ensangrentada, y aún así varias personas tomaron alguno que otro hueso y se lo introdujo dentro de sí; dentro de sus limitaciones posibles claro está.

    Y todo pasó… De un momento a otro la magia, la ilusión, o lo que sea que se había apoderado de aquellas personas se había ido, desvanecido. Todos parecieron despertar del sueño más mórbido y bizarro que habrían podido tener. Se miraron expectantes unos a los otros, llenos de sangre, desnudos, excitados, con pedazos de carne en la boca y en las manos… Los gritos de terror dieron paso a los gritos de desesperación al darse cuenta todos, casi al unísono, de lo que había sucedido.

    Aún así mantuvieron el raciocinio y la cordura, la cual les quedaba muy poco, para pactar de que nada saldría de allí. Nadie reviviría o contaría lo que sucedió aquella noche en la que la fascinación por la muerte les llevó a cometer los actos más asquerosos y repugnantes que podría realizar el hombre. Y mantuvieron su palabra pero sólo de guardarse el secreto para sí mismos… Los deseos y el gusto por aquello quedó en cada uno de ellos en lo más profundo de su mente esperando despertar y tomar control a la menor oportunidad de poder sentir la muerte una vez más en su piel.

    Mientras tanto, nadie supo la realidad quién era aquél joven desconocido. Nadie supo su historia, nadie supo cómo murió ni cómo vivió. Pasó a ser un misterio más, el cual fue quedando en el olvido al igual que otras incógnitas a las que el propio ser humano no quiere encontrarle respuesta, uno de esos misterios con los que se topa pero pasa de largo porque no quiere darse a descubrir y prefiere mantenerse allí, oculto.

Fin.

Espero les haya agradado el cuento, es algo largo... Creo, no lo sé, no me gusta hacer entradas tan largas y creo que cuando sea así dividiré el cuento en dos partes, una publicándola el domingo y la otra el miércoles y así. Ya saben, si tienen cualquier comentario, duda, opinión, por mala, buena o constructiva que sea pueden hacérmela llegar a través de mi Twitter. 

Muchas gracias por tomarse el tiempo de haberme leído. Tengan una feliz noche, día, tarde.

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